Olga H. Vitoria es licenciada en Filosofía y Letras, catedrática de Bachillerato y escritora por vocación. Acaba de publicar con Avant «El recuerdo exhausto», ganadora del Premio Internacional Avant Ceuta 2024, una novela que sigue a Rosario, joven criada en la España rural de finales del siglo XIX que viaja a Francia como dama de compañía y experimenta una profunda transformación. En esta entrevista habla de su pasión por el realismo francés y Balzac, de la construcción de personajes femeninos potentes, del peso de la memoria y de cómo compaginó durante años la escritura pedagógica con la creativa.

¿Cómo nació «El recuerdo exhausto»? ¿Qué te llevó a escribir esta historia ambientada a finales del siglo XIX?
Soy una apasionada de la novela realista y desde bien temprano, probablemente debido a mi formación académica como licenciada en Filología Francesa, los escritores franceses del s. XIX llamaron poderosamente mi atención; en especial, Balzac y el mundo que recrea en La Comédie humaine —85 novelas completas de un proyecto más ambicioso que no pudo llevar a término debido a su muerte—. Sin proponérmelo, me vi atrapada en la emoción de emularlo y escribir al estilo de su pluma. Todo un desafío. Pero fue así, la novela realista me atrapó. ¿Sabría yo hacer avanzar mi novela ajustada al ritmo que marca la evolución del personaje principal, mantener la tensión, el cuidado y la riqueza del léxico, desarrollar de manera ágil la cantidad de temas a abarcar (los secretos familiares, la memoria, el pasado, la atmósfera asfixiante de La Morada, la soledad vulnerable, la presión psicológica, el abuso del poder, la manipulación, el desarraigo, la alienación de identidad, la soledad, los silencios…)?¿Sería yo capaz de recorrer ese camino con mi escritura y llegar a buen puerto?
El personaje de Rosario arranca como una joven criada en una España profunda y termina viviendo una transformación impresionante en Francia. ¿De dónde sale este personaje y qué te interesaba contar a través de su evolución?
Los personajes femeninos de esta novela son potentes. Son las mujeres quienes llevan el peso de la trama. Cuando decidí hacer protagonista a una adolescente de origen humilde que iría evolucionando ante nuestros ojos no sabía el salto cualitativo que su vida iba a dar. Me interesaban sus orígenes y su potencial interior. Solo había que darle la oportunidad de desarrollarlo, crearle las circunstancias adecuadas, darle cauces. Se trata de una adolescente que sigue su instinto natural guiada por su ingenuidad. Su evolución arranca con la pérdida de la inocencia. Maltrecha interiormente y marcada por el trauma, inicia vacilante el camino hacia su redención. En esta dura etapa la protagonista abandona las ilusiones infantiles por una comprensión más cruda de la realidad. Este choque al que hay que hacer frente, la lleva a la pérdida de la visión idealizada del mundo, que ya no resulta un lugar simple y bueno, sino lleno de fallos y complejidades. Asistimos pues al impacto emocional de la pérdida de la inocencia, ese estado puro y natural que el niño/a que somos afronta conforme enfrentamos las realidades del mundo, un proceso inevitable en la vida. Hay un daño irreparable en esa pérdida que empapa tu existencia y destruye la capacidad de tu mirada limpia e inocente sobre el mundo, un daño que significa un cambio profundo en la percepción y comprensión de la realidad. Ese impacto emocional en la protagonista es inevitable, anegada ahora de sentimientos de pérdida y nostalgia, pero también le dota de una nueva fortaleza, el inicio de una conciencia más adulta —un rito de paso clave en la formación del individuo—, que irá desvelándose poco a poco en su camino hacia la redención. Se trata de un bildungsroman: el viaje físico que inicia —un viaje de maduración— viene a simbolizar el crecimiento del personaje, la bisagra en su vida que la obliga a transformar su identidad.
La relación entre Rosario y la baronesa Madeleine D’Avezac es el eje de la novela. ¿Cómo construiste ese vínculo entre dos mujeres tan diferentes en edad y origen?
Su encuentro inicial no augura entendimiento alguno. Madame d’ Avezac es una aristócrata exigente que ya ha despedido a varias aspirantes francesas al puesto de dama de compañía y mira con recelo a la recién llegada Rosario, una jovencísima muchacha española desorientada y triste que ni siquiera habla su idioma. Poco a poco su relación va estrechándose. Del universo de personajes que rodea a Rosario es ella, Madeleine, quien realmente va conformando la personalidad de la joven en su camino hacia la madurez; ella quien orienta y guía su proceso en la evolución de su carácter, resultando para Rosario un pilar inesperado de crecimiento personal.
Describes la historia como «profundamente introspectiva». ¿Cómo trabajaste esa mirada interior de Rosario sin perder el ritmo narrativo?
Concedo una gran importancia a la mirada interior. El recuerdo exhausto debe considerarse una novela realista pero también una novela psicológica, dado que no cuenta simplemente lo que acontece sino que profundiza en la mente de los personajes. Lo que realmente interesa es lo que sucede por dentro, porque lo que ocurre por fuera no hace sino traducirlo, sacarlo al exterior, ponerlo a la vista. Si no sabemos interpretar lo que sucede interiormente, estamos perdidos porque nos faltan datos. Efectivamente, se trata de una novela de escritura introspectiva que intenta sacar a la luz la historia subyacente. A este tipo de literatura podemos llamarla novela del «ser interior». Hablamos de introspección porque todo lo que sucede fuera viene motivado por lo que ocurre dentro del ser humano. El recuerdo exhausto rinde cuenta de sentimientos muy humanos; sentimientos que perfilan a los protagonistas con trazos muy firmes que los envuelven, responde al objetivo de dar a conocer la condición humana adentrándose en los aspectos que conforman su experiencia, que son infinitos y cambiantes, algo fundamental en literatura.
Los paisajes de Las Landas parecen tener un peso importante en la novela. ¿Qué papel juega ese entorno boscoso francés en la transformación de la protagonista?
La transformación de la identidad de Rosario se realiza a través de un viaje: desde la España profunda y rural de finales del s. XIX —donde impera el clasismo y la marcada huella de una nobleza arcaica y dominadora, y de una iglesia que dirige las conciencias de las pobres gentes a voluntad— a la Francia de principios del s. XX, la Belle Époque, una etapa de optimismo en la que París consolidaba su reputación como centro cultural, científico y artístico mundial. Sin embargo, la mayor parte de la novela transcurre, efectivamente, en las Landas, donde reside Mme. D’Avezac. Tuve ocasión de conocer bien esta región de Francia durante un viaje. Su paisaje y sus bosques me inspiraron la ubicación que necesitaba. Desde el primer momento sentí que ahí había una historia latiendo. Lo que hice fue dejarme llevar por ese sentimiento y desarrollarla. Me pareció bonito contrastar dos tipos de paisajes, acompañando cada uno a los dos tipos de estados de ánimo de la protagonista: por un lado una tierra olvidada, la España rural y desdeñada donde las normas sociales de los poderosos marcan insoportables áreas de exclusión para los no elegidos, pero también otra tierra boscosa al otro lado de la frontera, un paisaje de mar, lagos, dunas y pinares donde encontrar descubrimiento, amparo y protección.
Hay un gran secreto que la baronesa mantiene oculto y que acaba siendo clave para Rosario. Sin desvelarlo, ¿puedes contarnos cómo se te ocurrió ese giro y qué querías provocar en el lector?
Buscaba un giro inesperado que disparara el interés del lector, reavivara el ritmo final y originara un cambio dramático en el objetivo existencial de Rosario, evitando que la trama se resolviera de manera predecible. El acceso al corazón de ese secreto revelado a los ojos de Rosario no es sino una anagnórisis que la va a situar en el disparadero. Tiene que actuar, ahora sí. Es para ella un descubrimiento de tal magnitud que la va a obligar a alterar su conducta, que, por otra parte, ya se ha ido haciendo más atrevida, tal vez fruto de su relación con Hélène, la sobrina díscola de Madeleine. La metamorfosis de Rosario que se ha ido fraguando a goteo a lo largo de la novela se ve de repente coronada con el descubrimiento inesperado de ese secreto. El resultado de ese giro no hace sino revelar la simbiosis que existía entre las dos mujeres. Es como si ella ahora tomara el relevo de su mentora y llevara a cabo en su vida aquello que Madeleine no pudo realizar, una unión más allá de la muerte. Si hasta entonces su devenir había transcurrido sin una meta clara, con ese descubrimiento aparece de golpe un objetivo ineludible: alcanzar, ahora sí, la felicidad. La tiene ahí, delante de sus ojos, y solo debe lanzarse a por ella. Desde la clarividencia de ese momento y hasta el desenlace final el ritmo se reaviva, todo sucede muy rápido. Todavía no ha salido el lector de su asombro ante ese descubrimiento cuando ya la acción se mete en un torbellino interior que reaviva el interés y rompe una posible linealidad indeseada. En realidad la existencia de ese secreto siempre estuvo ahí, solo que Rosario no tuvo acceso a los datos, unos datos a los que ha accedido por casualidad. El azar nos marca a veces el camino, sin sospecharlo. Nos espera a la vuelta de la esquina para zarandearnos o despertarnos…. Pero hay que estar ojo avizor, y ella lo estaba. Ahora, cuando mira atrás, todo le encaja, todo se revela ante suso ojos.
El título, «El recuerdo exhausto», es muy sugerente. ¿En qué momento del proceso apareció y qué significa para ti?
La idea de un peso que llevamos en la conciencia, y del que no siempre somos conscientes, flotaba en mi mente desde el momento en que me puse a escribir. La dificultad —si no incapacidad— para desprendernos de ese peso debía estar presente a lo largo de la narración. Esta idea es crucial en la novela, no hay más que pensar en el título, El recuerdo exhausto, algo de lo que Rosario no puede desprenderse. Su estado natural se ve contaminado por ese recuerdo negativo que la persigue, intrusivo y difícil de manejar. Acapara su mente y esta no puede procesarla. El adjetivo exhausto, cualidad aplicable solo a un ser animado, expresa la transferencia de ese estado a una imagen pasiva archivada en la memoria, con el ánimo de darle la categoría de algo vivo. El título es profundamente simbólico: la memoria fatigada por un pasado doloroso que la protagonista necesita dejar atrás. Como en el mito de Sísifo, el recuerdo de su trauma se vuelve exhausto por la eterna repetición. La frase final resume muy bien este concepto: «se está desprendiendo de un recuerdo ya exhausto del que ha sido rehén».
Hablas de «vínculos que nos atan al pasado». ¿Qué te interesa explorar sobre la memoria y su peso en nuestras vidas?
El pensamiento humano está intrínsecamente ligado a la memoria. A través de ella nos relacionamos con un pasado que influye en nuestra percepción del presente y en nuestra proyección hacia el futuro. Es ella, la memoria, quien nos ayuda a constituirnos como individuos. Y ello responde a mi idea de que somos recuerdo. El pasado nos es, está siendo. Nos estamos narrando continuamente; cada hecho, cada palabra, contiene pasado, presente y futuro. Kirkegaard señala que la vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás —no siendo amnésicos— y vivida mirando hacia delante. El doloroso recuerdo que marca a Rosario saca bandera blanca, exhausto, quiere desprenderse de nuestra mente. Somos nosotros quienes no se lo concedemos y seguimos arrastrándolo.
¿Cómo fue el proceso de escritura de esta novela? ¿Cuánto tiempo te llevó y cómo compaginaste la escritura con tu trabajo como catedrática de Bachillerato?
Durante mi carrera como catedrática de instituto compaginé la enseñanza con publicaciones de carácter pedagógico y de investigación, colaboraciones con revistas especializadas de Lenguas o boletines promovidos por el Ministerio de Educación, ponencias en Seminarios y Encuentros académicos, comunicaciones en Jornadas Pedagógicas, aportaciones para el currículo de la ESO y el Bachillerato. Mi pluma se centraba principalmente en lo profesional. Paralelamente desarrollaba en silencio una escritura creativa que me evadía un poco de mis obligaciones académicas. Que yo pudiera llegar a escribir una novela bien construida al estilo de Balzac, era, como ya he señalado, todo un desafío. Cuando puse el punto final a mi narración sabía que lo había conseguido. La guardé más de veinte años. Un día la releí y tuve la osadía de considerar que estaba muy bien escrita y podía lanzarla a volar, cosa que hasta entonces no me había permitido porque soy muy crítica conmigo misma. La sorpresa vino cuando la novela regresó de su vuelo con el premio internacional AVANT-ciudad de Ceuta 2024. Fui muy feliz con la noticia porque certificaba que no me había equivocado.
Como filóloga y catedrática, has trabajado mucho con el lenguaje desde lo pedagógico. ¿Cómo conviven en ti esa faceta profesional y la escritura literaria?
De las seis funciones de la comunicación descritas por Jakobson hubo un tiempo en que solo prestaba atención a la función referencial, la que simplemente expone hechos con un lenguaje de significado denotativo, es decir, transmitir información objetiva y real sobre el mundo. Hasta que poco a poco me empezó a atrapar la función emotiva, lo connotativo, mostrar los sentimientos, los estados de ánimo, las emociones. Y sobre todo la poética, dirigir mi atención sobre la forma de construir el mensaje para generar belleza, ritmo o efectos estilísticos. Poco a poco mi lenguaje empezó a hacerse preciosista. Escrudriñaba los términos, sustituía unos por otros buscando siempre cuál de ellos expresaba mejor la emoción que quería transmitir. Mi lenguaje se transformó en algo muy pulido intentando expresar con palabras la representación sensorial. Cuido el lenguaje, lo pulo, lo transformo hasta que me resulta emotivo. De hecho es la prosa poética la que cultivo con más ardor. Dado que esta novela está ambientada en el s. XIX, describo los utensilios de la época no como algo descriptivo, sino para recrear los olores, las texturas, la traslación en el tiempo. Se trata de un lenguaje muy visual que proyecta en imágenes el relato de la prosa. Soy una escritora intimista y mi lenguaje también lo es.
Has ganado premios en relato breve y en poesía, además del Nacional de Material Didáctico no Sexista hace más de tres décadas. ¿Qué lugar ocupan esos otros géneros en tu trayectoria como escritora?
Todos ellos son el resultado del camino que he querido recorrer. Todos ellos responden a retos que yo misma me he ido marcando en géneros diversos. Nunca he querido ceñirme a uno solo, como tampoco he querido hacerlo en la vida. Las posibilidades son tantas y tan diversas que explorarlas resulta una riqueza para el ser humano. Novela, relato corto, poesía son variantes del impulso creativo que llevamos dentro y que se manifiesta con lo más específico que nos hemos dado para ordenar el mundo, la palabra.
El Premio Internacional Avant Ceuta 2024 ha dado luz a «El recuerdo exhausto». ¿Qué ha supuesto para ti este reconocimiento?
Primero, como ya he señalado, la confirmación de que no me había equivocado al darle una oportunidad a mi primera novela. El mundo editorial es muy complejo y siempre sentí — a saber por qué—que no era para mí. Tal vez veía a los escritores como profesionales dedicados solo a eso, y yo me sentía atrapada por el síndrome del impostor. Mi autocensura me impidió entrar a considerar mi obra como algo digno y publicable. Viendo la poca calidad de cosas que se publican ahora, donde todo tiene cabida, ya no pienso lo mismo, claro. Dos agradecimientos: por un lado a la editorial Avant por convocar el Premio Internacional Avant Ceuta, y por otro al azar, ya mencionado, al que «agradezco» que pusiera ante mis ojos la convocatoria.
¿Qué autores o lecturas han marcado tu forma de escribir, especialmente en esta novela?
Todos los autores considerados realistas, en especial los franceses. Su objetivo principal es ofrecer un retrato fiel, objetivo y detallado de la sociedad contemporánea. Los procedimientos literarios del realismo tienen como característica el uso de la descripción detallada y minuciosa, los personajes son personas corrientes —pertenecientes a la burguesía o a las clases humildes— con virtudes, defectos y conflictos cotidianos. Detallar con exactitud los ambientes, las viviendas, los vestidos, los objetos y la psicología de los personajes es exactamente lo que yo perseguía. Gracias a su aguda observación de los detalles y a su representación sin filtros de la sociedad, Balzac está considerado como uno de los fundadores del realismo en la literatura europea. Fue él quien más me inspiró. Sus personajes polifacéticos, incluso los considerados menores, son complejos, moralmente ambiguos y plenamente humanos, todo un ejemplo a seguir.
Llevas años escribiendo «por vocación», como dices en tu biografía. ¿Qué te empujó en su día a pasar de la escritura pedagógica a la literaria?
No hubo un momento específico ni una razón para ello. Los dos tipos de escritura convivieron juntos en armonía, solo que mi dedicación profesional me marcaba tiempos y circunstancias, la publicación de un boletín, la asistencia a un congreso donde debía presentar una ponencia… Cuando esa circunstancia terminaba, mi pluma volvía a la senda de la escritura creativa.
Ahora que «El recuerdo exhausto» ve la luz, ¿en qué estás trabajando? ¿Tienes ya en marcha un nuevo proyecto?
Sí, tengo otra novela terminada y estoy escribiendo una tercera. Como no soy escritora profesional y nadie me está atosigando con un contrato y unos plazos que cumplir, acompaso el fluir de la vida con la escritura. Y siempre estoy escribiendo «por dentro». No hay momento ni lugar en que no plasme por escrito o con una nota de voz una idea o una reflexión para luego desarrollarla con tranquilidad en casa. Mi vida está llena de esos pequeños momentos en que observo y creo una narración que puede formar parte de la nueva novela o ser perfectamente el punto de partida de un relato corto o un microrrelato. Y cuando leo obras ajenas, mi cabeza se va de viaje con una palabra o una frase de las leídas, para buscar mi propia narración y contexto. La función creativa de mi cerebro no para. Está maldita, ja, ja, ja.
¿Te gustaría seguir explorando la novela histórica o te apetece probar otros registros?
Lo que estoy escribiendo ahora no es en absoluto novela histórica, ni está ambientado en otra época. Es un tipo de narración que sigue la estela de planteamientos más modernos porque la literatura ha evolucionado mucho y me llama la atención los vericuetos por los que circula y qué maravilla se puede hacer con planteamientos originales que en otra época hubieran resultado rechazables.
¿Hay algún tema, época o personaje que te ronde y que te gustaría escribir en el futuro?
De momento estoy centrada en un tipo de escritura que desarrolla, cómo no, lo emocional. La relación entre los seres humanos es una mina donde explorar conflictos que pueden ser el embrión de una obra literaria. Los horizontes que ofrece son infinitos y yo no quiero dejar de explorarlos.
