Julián Granado, médico en ejercicio residente en Sevilla y autor de numerosos premios de narrativa breve y novela, publicó con Avant «A la sombra de Jonás Mom», ganadora del Premio Internacional Avant Ceuta 2020, en la que Boralla reabre el pasado familiar marcado por un padre antifranquista frustrado y una infancia a olvidar. En esta entrevista repasa el origen de la novela, su carácter generacional ligado al tardofranquismo y la Transición, y cómo compagina la escritura con su trabajo como geriatra.

Boralla decide reabrir su pasado «con funestas consecuencias». ¿Qué te llevó a construir una novela sobre un intento de terapia que fracasa, en lugar de una reconciliación con la memoria?
«A la sombra de Jonás Mom», es, estoy seguro, la que con mayor rigor podría llamar «mi novela», en tanto que la más emotiva, la más sufrida y personal, y por tanto más «mía» que ninguna otra. La concebí con una intención ciertamente terapéutica, no sé si al cabo exitosa o, como en el caso del protagonista, fracasada. Hay curaciones tan dolorosas que, a la postre, el enfermo preferiría -¡virgencita!- quedarse como estaba. Para Boralla, por ejemplo, el rescate de una memoria aletargada por el olvido no iba a ser cosa de reconciliación festiva. Por contra, aquella memoria olvidada le explotará entre las manos, para reconciliarlo, antes que nada, con el sentido del fracaso.
El padre de Boralla es «un frustrado luchador antifranquista». ¿De dónde sale este personaje y qué papel juega la herencia de esa derrota política en la vida del protagonista?
Aunque escrita desde y para la introspección, esta es una novela generacional. Inspirada por y dedicada a aquella generación que vivió una infancia y adolescencia dominadas y amargadas por el tardofranquismo, con el que siempre mantendrá cuentas algo más que históricas por saldar. Sabido es que aquella «especie sociológica» de los 60 hizo del psicoanálisis objeto de culto. Y en materia psicoanalítica, lo primero que patentó Freud fue la pulsión irresistible del ego por «matar al padre». No es extraño, pues, que el niño Boralla (luego joven Boralla) heredara de su padre la frustración que le acarreó empeñarse en una lucha que no estaba dispuesto a ganar por encima de todas las cosas. Por encima, por ejemplo, de la existencia de un hijo al que no sabía bien qué lección de vida inculcar. No se crea, sin embargo, que ese instinto «homicida» hacia el padre tenga ninguna connotación de odio filial. Ahí están, para demostrarlo, esas «cartas al padre» intercaladas a lo largo de la obra, verdaderas confesiones sin relación con la trama central, y llenas de un amor inmenso, aunque también impregnadas de amargura y desesperanza.
Hablas de «una juventud que ya era vieja cuando creyó sellarla la Transición». ¿Cómo ves tú ese periodo ahora, desde la distancia, y por qué te interesaba explorarlo en esta novela?
¡Ah, la herida cerrada en falso por la Transición! ¡Qué tema apasionante y de cuánta actualidad, no es cierto? Esta novela, de hecho, y por la época a que alude, se diría desfasada en su ambientación, cronología y marco histórico. Y sin embargo, le han bastado unos cuantos años en la trastienda editorial para volver a ponerse de moda. ¡Memoria histórica! Un ejercicio de plena actualidad, que tendremos que hacer tarde o temprano, les pese a quienes les pese, ya que no se hizo en su momento. La Transición se limitó a pasar de puntillas por encima de tanto conflicto no resuelto, suturando heridas abiertas e infectadas, y ese tipo de apresuradas costuras terminan estallando. Los muertos mal enterrados, en las películas de terror, y el pus por drenar en el quirófano, terminan por dar la cara dramáticamente.
El compañero de adolescencia arrastra a Boralla «al desastre de la rememoración». ¿Cómo construiste esa amistad truculenta y qué función cumple ese personaje en la caída del protagonista?
Fortino Sámano. Una recreación picassiana. Y también una voz de la conciencia que nunca debiera faltarle al héroe de novela para susurrarle al oído. Un alter ego trágico, que no duda en aceptar su destino, ofreciéndole así a nuestro Boralla una lección moral de incalculable valor. Esa mano que lo arrastrará con su ejemplo a círculos infernales en los que las personas sensatas (de esas que no protagonizan novelas) prefieren no poner un pie.
Has ganado más de una decena de premios de narrativa breve y varios de novela. ¿Cómo es tu proceso de escritura y qué lugar ocupa el cuento en tu trabajo como narrador?
Como en tantas otras biobibliografías, comencé mi andadura literaria por la narrativa breve. El cuento, aunque exige un considerable esfuerzo de síntesis y depuración, es a la literatura una pincelada, mientras que la novela es el cuadro al completo. En la construcción del relato puedes entrar y salir durante el breve espacio que exige su escritura. Mientras que en la novelística tienes que quedarte a vivir un tiempo, sumergido en el de la obra. Respirando su aire y conviviendo con los personajes que has articulado y puesto en pie. Sin desmerecer del «relatismo», hace mucho que no cultivo el relato, ni concurro a los premios de un género cada vez más comprimido, desde que inventaron los certámenes de microrrelatos. Por ahora suelen poner el límite en las cien palabras. Apurando más los requisitos, se reinventará la greguería. Solo es cuestión de tiempo.
Eres médico en ejercicio y vives en Sevilla. ¿Cómo conviven tu profesión y la escritura? ¿Hay algo de la medicina que se cuele en tu forma de contar historias?
Se dice a menudo, y es pensamiento comúnmente aceptado, que la Medicina y su ejercicio te ponen en contacto como ninguna otra práctica con la condición humana. Y se citan ejemplos paradigmáticos como el de Chejov, «para el que la medicina era su esposa y la literatura su amante», según decía él mismo. Puede que sea así. Pero recuerdo el caso de un escritor y médico como Baroja, que renegaba de los pocos años que estuvo ejerciendo por el norte. No, yo no creo haber sido un médico secundariamente escritor. La ósmosis entre ambos campos ha sido más bien en sentido inverso, en mi caso: he terminado como médico practicando la Geriatría en una residencia de ancianos; y a veces, mientras atiendo a alguno, recuerdo aquel capítulo en que Boralla acude a visitar a su madre, demenciada y vegetante en un asilo del extrarradio. Quizás cuando escribía aquello, bastantes años atrás, el escritor estaba prefigurando su propio destino como médico, y no al revés.
¿En qué estás trabajando ahora? ¿Tienes otro proyecto en marcha o hay algún tema o registro que te gustaría explorar en el futuro?
Tengo una predilección: la novela de inspiración histórica (¡atención!: no propiamente histórica, ni de fidelidad histórica; sino la novela que sueña con la historia y hace encajes de bolillos con lo que «oficialmente» ocurrió, planteando en hipótesis que podría presuntamente haber ocurrido de otra manera). Y una obsesión tengo: la novela política, ambientada en los momentos cruciales (desde mitad del XIX hasta nuestros días) en que nos jugamos como pueblo y país el que era nuestro futuro, y ahora es nuestro presente. Polvos aquellos del reciente pasado de los que proceden nuestros conocidos lodos de hoy. En mi más reciente novela, aún inédita, vuelvo a mi obsesión por los años 50 y 60, con el foco puesto, en este caso, en Cataluña. Concretamente en un conocido líder del comunismo catalán, depurado por el estalinismo entonces reinante, que hubo de sufrir doble persecución: por parte de la policía franquista, y de sus antiguos camaradas y correligionarios de partido.
«A la sombra de Jonás Mom» se titula tu novela, pero Jonás Mom no aparece nombrado en la sinopsis. ¿Quién es realmente este personaje y qué sombra proyecta sobre Boralla?
No aparece porque es el único y gran personaje de la novela que carece de existencia real. Es una ideación conceptual, una ensoñación que se manifiesta por boca de Boralla y contra su voluntad. Se le atribuye una especie de biografía «levítica y luterana» que se diría inspirada en Dickens. Baste decir que ejerce como una especie de «okupa» del pensamiento de Boralla. Una forma de maldad primigenia e inmotivada que pisotea la inocencia, y acerca de la que tanto personaje bienintencionado (aunque cobarde, como Boralla) se pregunta por su existencia.
Hablas de una «cartilla escolar de una niñez a olvidar». ¿Qué peso tiene esa infancia en la novela y por qué elegiste ese objeto concreto, la cartilla, para representarla?
La infancia es el caldo de cultivo, el punto de partida y el origen sin el cual nada, ni bueno ni malo, habría sido luego posible. Esta es la historia de una metaniñez. Representada, sí, por aquella cartilla de calificaciones, de pastas duras y azules, en la que constaban las calificaciones por las que el niño Boralla comenzaría la venta de su alma al diablo. Batalla por el éxito en los estudios de la que lo distraería la fascinación por la joven profesora de lengua, que le encenderá una llama de erotismo a medias hormonal y a medias literario. Toda esa sumación de objetos de amor y deseo será la que marcará su infancia, al punto de que luego el psiquiatra Maulevic definirá la niñez de Boralla como «arruinada por una lectura quizás prematura de Dostoievski».
¿Cómo fue el proceso de escritura de «A la sombra de Jonás Mom»? ¿Cuánto tiempo te llevó y cómo compaginaste la escritura con tu trabajo como médico?
A diferencia de otras obras (que me exigieron sus prolegómenos de documentación o búsqueda de escenarios o caracterización de personajes), esta salió con poco trabajo, como un parto fácil. Los personajes y el acontecer estaban ahí, aunque descompuestos en piezas que solo era preciso ensamblar para confeccionar el traje. ¿Cómo compatibilizarlo con mi trabajo? Como siempre. Horario nocturno, fines de semana, tantas y tantas ocasiones en que estás, sí, pero con la cabeza en otra parte. Soy un escritor que le robo mucho a mi vida privada para escaparme a imaginar frases, descripciones, páginas enteras que luego pasan a ese «papel» que es la pantalla de ordenador. Hasta disponer de ella, no viene mal la servilleta de los bares. Como creo que habrán hecho siempre tantos autores «fuera de nómina editorial».
La novela ganó el Premio Internacional Avant Ceuta 2020. ¿En qué momento decidiste presentarla y qué supuso para ti ese reconocimiento?
Decidí presentarla doblemente animado por la convocatoria y la editorial que patrocinaba la misma. Ya antes me habría gustado publicar con Avant, y cuando el Premio Internacional Avant Ceuta me dio ocasión de hacerlo, me encontré sorprendido por una edición exigente, pulcra y que resaltaba esos caracteres de la obra que la hacen más atractiva a los ojos del lector. Decididamente, una de las materializaciones editoriales de mi obra que más me ha satisfecho.
Has ganado numerosos premios de narrativa breve antes de este de novela. ¿Cómo ha sido tu tránsito del cuento a la novela? ¿Qué te aporta cada género?
También como tantos otros, empecé a hacer mis pinitos en el relato (lo que en verdad no tiene mucho sentido, pues la narrativa breve es un género estricto y recortado, que debes ser un maestro para dominar técnicamente), para mudarme luego a la novelística, por aquello de que esta te ofrece más ancho espacio para tus correrías narrativas. La novela es campo para las ambiciones, el cuento para la humildad. Así es que uno debiera cultivarlo cuando ya está curado de vanidades creadoras. Pero generalmente ocurre al revés, porque los escritores somos malos aprendices del oficio.
Entre tus premios de relato están el «Barro», el «Ciudad de Isla Cristina» o el «Gloria Fuertes», entre muchos otros. ¿Tienes esos textos reunidos en algún volumen o siguen dispersos en publicaciones y antologías?
La mayoría de ellos vieron la luz en publicaciones editadas por el premio en cuestión. No los había reunido en antología alguna. Hasta que recientemente lo hice en una colección de siete cuentos, largos en su mayoría, y provocadores todos ellos, que por eso llevan por nombre el de «Septeto malsonante». Publicados por Aliar Ediciones.
También has obtenido varios premios de novela, como el «Giralda Local», el «Salvador García Aguilar» o el «Ciudad de Salamanca». ¿Qué pasó con esas obras? ¿Se publicaron, sigues trabajando en ellas?
Se publicaron, sí, a cargo del correspondiente patrocinador. A destacar el García Aguilar por «La Inocencia del Aceite» (novela que acabó en trilogía, y desgrana las interioridades de la intoxicación por aceite de colza que padecimos en 1981) y el «Ciudad de Salamanca» por «El Complot Canalejas» (que se adentra en el magnicidio del político liberal). Sin olvidar el «Premio Encina de Plata» por «Un mundo aparte», novela breve ambientada en una arcadia socialista y revolucionaria que, por las señas, se corresponde con esa isla en el mapa político español llamada Marinaleda. Y sin dejar de mencionar, tampoco, mi novela «De Humanidad y Polilla. Todas las caras de Ferrer Guardia», a la que correspondió el «premio» de merecer ser publicada por Anagrama Editorial, en la época en que era yo aún más desconocido de lo que soy ahora.
¿Qué autores o lecturas han marcado tu forma de escribir y de entender la narrativa?
Nunca he sido muy rebuscado para mis gustos de cabecera. Desde niño, los rusos, por ser muy suyos (comparto con Boralla la prematuridad dostoievskiana); la generación del 98 (por atreverse, aunque inútilmente, con el laberinto de nuestra idiosincrasia); y la de los sudamericanos todos (por haber inventado una nueva forma de contar, después de tanto estilismo apoltronado). Al margen de esas familias, decenas de singularidades que compitieron por mi atención, y a veces por mi veneración (de lo que no me arrepiento).
El final de la novela, sin desvelarlo, ¿responde a esa idea de «desastre de la rememoración» que anuncia la sinopsis o deja alguna salida a Boralla?
El final de la novela conduce al personaje hasta el encuentro que lleva toda la vida rehuyendo, sin que esa demora le haya salvado de sus propios demonios. El lector juzgará, de ese final «abierto», si es feliz o infeliz. Y de ese final «cerrado» (en cuanto que no existe otra alternativa posible), deducirá si el castigo es realmente la mejor cura. Algo así como la muerte, que dulce o amarga, es el mejor colofón de la vida. Quizás por ser el único.
