
Hay libros que cuentan una historia y otros que parecen surgir de la necesidad de comprender una vida. En el nombre de mí misma, de Inmaculada Izquierdo, pertenece claramente a los segundos. Desde las primeras páginas se percibe que no estamos ante una narración convencional, sino ante un recorrido muy personal en el que recuerdos, experiencias, intuiciones y espiritualidad terminan formando parte de una misma búsqueda.
Es precisamente ahí donde el libro encuentra su voz. Inmaculada Izquierdo no intenta construir un discurso distante ni esconderse detrás de una teoría. Se coloca en el centro de lo que cuenta. Habla desde lo vivido, desde aquello que ha sentido y desde una manera muy concreta de entender el mundo. Se puede compartir en mayor o menor medida esa mirada, pero resulta difícil no reconocer la sinceridad con la que está expuesta.
La vida entendida como una danza
Uno de los elementos más interesantes de En el nombre de mí misma es la presencia constante de la danza. Pero sería un error entenderla únicamente en sentido físico. Aquí bailar significa avanzar, equivocarse, perder el equilibrio, recuperarlo, cambiar de ritmo y aprender a escuchar una música que no siempre procede del exterior.
La autora convierte esa imagen en una forma de explicar su propio recorrido vital. El cuerpo deja de ser simplemente el lugar que habitamos para convertirse en una especie de territorio de memoria y conocimiento. Las emociones, las relaciones, las pérdidas y las distintas etapas de la vida van dejando una huella y, para Inmaculada, aprender a reconocerla forma parte también del proceso de conocerse.
De esta concepción surge DanZarT, Dance Zenit Transpersonal, uno de los ejes fundamentales de la obra. La autora insiste en que no pretende presentarlo como un método cerrado. Más bien ocurre lo contrario: lo describe como una experiencia que cambia con cada persona y que parte de la idea de que cada individuo debe encontrar su propia manera de recorrer el camino.
Una búsqueda que atraviesa toda una vida
El libro tiene también un importante componente autobiográfico. A lo largo de sus páginas aparecen la infancia, la familia, los viajes, los encuentros con distintas personas y numerosas experiencias que terminaron formando parte de la construcción espiritual de la autora.
Cuba, Egipto, Lourdes, el chamanismo, las regresiones, la Kabbalah, el tarot, los maestros ascendidos o la figura de Isadora Duncan aparecen en distintos momentos de ese itinerario. Sin embargo, el interés del relato no está tanto en enumerar esas influencias como en observar la manera en que Inmaculada las integra dentro de una visión propia.
Quizá una de las ideas que mejor atraviesa el libro sea precisamente esa: llega un momento en el que buscar respuestas fuera deja de ser suficiente. Maestros, técnicas y enseñanzas pueden acompañar durante una parte del camino, pero la autora termina defendiendo la necesidad de escuchar la propia voz y asumir la responsabilidad sobre la forma en que uno decide vivir.
Espiritualidad sin voluntad de convencer
En el nombre de mí misma entra de lleno en cuestiones metafísicas y espirituales. Habla de vidas pasadas, energía, chakras, kundalini, maestros ascendidos, dimensiones o ADN estelar desde la perspectiva y la experiencia personal de su autora.
Y posiblemente la mejor manera de acercarse al libro sea precisamente esa: entendiendo que estamos ante el testimonio de una visión del mundo, no ante un tratado que pretenda demostrarla. Inmaculada cuenta lo que para ella tiene sentido, lo que ha experimentado y aquello que ha terminado formando parte de su manera de interpretar la existencia.
Ese matiz hace que la lectura resulte más interesante. No exige necesariamente compartir todas sus convicciones. Invita, sobre todo, a entrar durante unas páginas en la experiencia de alguien que lleva muchos años preguntándose quién es, qué hay detrás de lo aparentemente establecido y hasta qué punto somos capaces de vivir de acuerdo con aquello que sentimos verdaderamente nuestro.
El valor de encontrar una voz propia
En el fondo, más allá de todo el universo espiritual que recorre sus páginas, hay una cuestión mucho más reconocible: la dificultad de ser uno mismo cuando lo que sentimos no coincide con aquello que se espera de nosotros.
La autora habla de aprobación, miedo, pérdida, apego, libertad y transformación. También de esos momentos en los que seguir la propia intuición obliga a abandonar caminos conocidos. Y lo hace con una escritura muy vinculada a la imagen, al movimiento y a las sensaciones, como si las palabras fueran otra prolongación de esa danza de la que habla continuamente.
Por eso el título termina adquiriendo un significado especial. En el nombre de mí misma puede leerse como una declaración de identidad. No una identidad inmóvil, sino una que se transforma, se equivoca, aprende y vuelve a empezar.
Es un libro especialmente dirigido a lectores interesados en el crecimiento personal, la espiritualidad y el autoconocimiento desde una perspectiva experiencial. Pero también puede resultar sugerente para quienes disfrutan de esas obras difíciles de colocar dentro de una sola categoría, escritas desde una voz muy personal y con la voluntad de contar un camino que difícilmente podría haber pertenecido a otra persona.
Al terminarlo queda, sobre todo, una sensación: la de haber asistido a una conversación íntima. Inmaculada Izquierdo no ofrece un mapa para que otros sigan exactamente sus pasos. Cuenta los suyos. Y quizá ahí se encuentre una de las ideas más bonitas del libro: cada uno tendrá que descubrir cuál es su propia música y, llegado el momento, atreverse a bailarla.
